La Villita es ahora más dulce

Dulcelandia ha endulzado todavía más al barrio mexicano de
La Villita. Decir que la principal importadora de golosinas mexicanas en Illinois ha abierto un salón de fiestas en el 3253 W. 26th Street sería decir una verdad a medias.
“Es un castillo mexicano con una dulcería adentro”, explica Eduardo Rodríguez Jr., presidente de Dulcelandia, a Negocios Now.
Se refiere a las tres torres diseñadas por su hermano y socio, Julio César, y él, las cuales se asoman discretamente en lo alto de la fachada de la dulcería que ha sido líder del ramo desde 1995.
“Añadimos un concepto a Dulcelandia: tener tu fiesta de cumpleaños en una dulcería y tener todo en un mismo lugar”, dice Rodríguez Jr.
“También es una oportunidad para ofrecer a los niños la oportunidad de aprender de su cultura mexicana haciendo manualidades”.
Para ello, los hermanos Rodríguez compraron y anexaron la propiedad contigua al negocio de dulces. Repartidos en dos pisos de techo alto, los 7 mil 500 pies adicionales empezaron a brindar entretenimiento infantil en octubre.
En el primer piso, dos brincolines inflables le dan la bienvenida al cumpleañero y a sus invitados.
“A los niños les gusta más el brincolín con la resbaladilla”, señala Alexis Hernández, gerente de Dulcelandia, al dar un recorrido por las instalaciones a Negocios Now.
Al frente de los brincolines están los puestos de “gelato” mexicano, producto exclusivo de Dulcelandia, para abrir boca con sabores como mango, fresa, guayaba y cajeta.
Al fondo del primer piso se encuentra el taller de piñatas.
Sobre una gran mesa yacen los esqueletos de una docena de minipiñatas de cartón en forma de estrella o de caballo; al lado de cada una de ellas hay pegamento y trocitos de papel de China en azul, rojo, amarillo y verde.
“Aquí los niños ‘visten’ las minipiñatas con el papel de China, bajo supervisión, claro”, explica Hernández, agregando que el proceso dura media hora.
Acto seguido, los chicos, minipiñata en mano, son guiados hacia la planta alta para quebrar con toda la fuerza de su humanidad en júbilo la piñata de la fiesta ―que puede ser la efigie de un Ninja Turtle, una Little Mermaid, un Minion o un muñeco de nieve.
La piñata cuelga dentro de una jaula de protección que va del suelo al cielo del salón, a donde los niños entran uno por uno, animados por el “dale, dale” a no perder el tino.
El palo de la piñata, es en sí, una pequeña obra de arte: lo cubren vivos rosa si el festejado es niña, o azules si es niño.
Cuando la piñata finalmente estalla, su preciado contenido se precipita cual fuerte lluvia tras la sequía. Dulces, paletas, chicles, caramelos —ninguno de ellos con chile— son recogidos del suelo por los chicos, quienes ansiosos los guardan en la minipiñata que habían confeccionado momentos antes y que ahora parece cobrar sentido y vida.
“El objetivo es que los niños convivan haciendo actividades bonitas que los mantengan ocupados física y mentalmente”, dice Hernández.
Lo anterior ocurre bajo la mirada atenta de dos coordinadoras y sus ayudantes, quienes orientan a los pequeños hasta el comedor, el cual, junto con los baños, también está ubicado en la planta alta.
“Hemos tenido buena respuesta de los padres,” indica Hernández. “Como el enfoque son los niños, los padres pueden relajarse y disfrutar la fiesta —como si fueran niños también”.
El banquete tiene lugar en este salón de paredes rebosantes de rosa mexicano, lila y amarillo, la cual puede acomodar a grupos de 12, 18 ó 24 niños con sus padres.
Al fondo del salón, los iPhones y alguna que otra cámara convencional captan al festejado, quien posa sentado en un trono y cuyo nombre aparece escrito en letras grandes como fondo, junto a la leyenda “Happy Birthday From Dulceland!”
El pastel, ese momento cumbre de cualquier cumpleaños, llega en forma de un redondo “piñata cake”. Este pastel guarda en su interior lunetas (chocolates M&M) entre capas de colores que corresponden a los del arcoiris del logotipo de la empresa.
“Con nuestro concepto de espacio para fiestas”, dice Rodríguez, presidente de Dulcelandia, “queremos demostrar que los mexicanos no solamente somos propietarios de negocios sino que también tenemos visión y talento artístico”.
Después de dos horas y 15 minutos de lo que pareció una fiesta sin fin, los invitados se despiden del cumpleañero. El festejado, los invitados y los padres salen de Dulcelandia, con la ilusión del próximo cumpleaños.

Victor R. Pérez, Especial para HINA

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