Cambiarse el nombre

Cambiarse el nombre puede abrir puertas o heridas. Depende de las circunstancias. Pero en cualquier caso la rebelión contra su propio yo es inseparable de la historia de los inmigrantes en este país en su afán por acoplarse a una nueva realidad.

No hace mucho entrevisté a Hildebrando, un tipo sesentón, delgado y coloquial que está feliz de vivir con la mitad de su nombre.

La verdad que me costó un poco pronunciarlo. Le pregunté dos veces, le pedí que lo deletreara, lo subrayé, le puse asterisco y por último le mostré mi anotación para evitar un desagradable error tipográfico.

El hombre, sin embargo, estaba preocupado porque yo metiera la pata y no escribiera su nombre comercial: “Puedes poner Brando y punto”, dijo con insistencia.

Cambiarse el nombre -a veces-  no es una idea descabellada.  Si usted tiene una entrevista en Inmigración y se identifica ante un funcionario como Hermenegildo o Eleuteria, es probable que sea deportado de inmediato sin juicio ni derecho a fianza.

Por el contrario, si le dice al mismo tipo que puede llamarlo Brando, como la famosa estrella  de cine, el hombre se va a relajar. Y hasta pudiera darle la ciudadanía.

Parece ser que el cómo te llamas abre puertas. Habría que preguntarle al ejército de Alex, Dan, Mike,  Robert o  Manny con apellidos latinos. Aunque esto de recortar letras puede complicarse si se llama, por ejemplo, Herculano.

Hay una manera simple de probar si vale la pena rebelarse contra su propio yo. Si con frecuencia se percata de que su nombre se traba en la lengua de un nativo o le piden de favor que lo repita, entonces haga algo urgente.

Tampoco espere conseguir trabajo fácilmente presentándose como Nezahualcoyotl. Y quizás no lo contratan por discriminación, sino porque la empresa tendría que contratar a un logopeda para ayudar a sus compañeros a pronunciarlo correctamente.

Nunca he pensado en mutilar la palabra Clemente, pero viendo la audacia de nuestro amigo Brando, no estaría mal probar suerte con un Clem. Corto y fácil, aunque aún no sé qué repercusión podría tener esto en mi cuenta bancaria.

El cambio de identidad implica a veces un sacrificio doloroso. Resulta que usted siente orgullo del nombre escogido por sus padres, pero vive aquí sin “papeles” y con hijos pidiendo por esa boca.  Entonces compra una tarjeta de seguro social falsa y así sobrevive, con el nombre de otra persona, hasta ser descubierto y deportado.

Cuando haya una reforma migratoria, muchos querrán quedarse con su nombre adoptivo. Por vergüenza, pragmatismo o la fuerza de la costumbre.  Pero otros dirán, sin dolor en el estómago, que su verdadero nombre es Nezahualcoyotl. O Neza.   Y a mucha honra. (Por Clemente Nicado)

 

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